Cáncer de ovario: el gran reto sigue siendo el diagnóstico precoz

Cada año, miles de mujeres reciben un diagnóstico de cáncer de ovario cuando la enfermedad ya se ha extendido fuera del propio órgano. 

Según datos de la Sociedad Española de Oncología Médica, tres de cada cuatro tumores se detectan en fases avanzadas, lo que complica notablemente el pronóstico. Especialistas en ginecología oncológica coinciden en que el gran reto pendiente no es tanto mejorar los tratamientos disponibles, sino conseguir identificar la enfermedad mucho antes.

El tumor de ovario suele crecer en la amplia cavidad abdominal durante un tiempo indeterminado sin generar síntomas claros. Cuando el crecimiento es todavía pequeño, apenas interfiere con otros órganos y provoca, a lo sumo, molestias muy inespecíficas: sensación de hinchazón, saciedad precoz o ligeras molestias abdominales. Son señales tan comunes que rara vez hacen pensar de inmediato en un cáncer ginecológico.

Durante años, este tumor ha sido descrito como un “asesino silencioso”, una etiqueta que varias especialistas han empezado a cuestionar. Una encuesta realizada entre más de 1.700 pacientes reveló que la inmensa mayoría sí había notado síntomas perceptibles muchos meses antes de recibir el diagnóstico definitivo.

A pesar de estos datos, hoy por hoy no existe ninguna prueba de cribado poblacional capaz de detectar el cáncer de ovario en sus fases iniciales. Un amplio ensayo clínico británico, realizado con más de 200.000 mujeres, probó a combinar la ecografía transvaginal con la detección de marcadores tumorales en sangre como estrategia de detección precoz, pero, aunque logró identificar tumores en fases más tempranas, no consiguió reducir la mortalidad global de la enfermedad.

Cuando el sistema no escucha los síntomas

Al preguntar a esas pacientes qué explicación les habían dado inicialmente sus médicos, los resultados fueron reveladores: buena parte de los síntomas se atribuyeron a causas digestivas o emocionales, como el síndrome del intestino irritable, el estrés, la gastritis o la depresión. A una parte relevante de las mujeres incluso se les llegó a decir que no tenían ningún problema de salud.

Para algunas especialistas, el problema no radica tanto en que el cáncer de ovario sea silencioso, sino en que sus señales no siempre se escuchan a tiempo, ni por las propias pacientes ni por el sistema sanitario. A día de hoy solo puede vigilarse de cerca a un grupo reducido de mujeres con mutaciones que predisponen a la enfermedad, como las alteraciones en el gen BRCA o el síndrome de Lynch, aunque estas apenas representan una quinta parte de los casos.

Cirugía y quimioterapia, un tándem inseparable

Pese a las dificultades del diagnóstico precoz, la medicina cuenta con cada vez más herramientas para tratar el cáncer de ovario y convertirlo en una enfermedad más manejable. Los especialistas destacan cuatro pilares fundamentales: la cirugía, el diagnóstico molecular, la quimioterapia y las terapias de mantenimiento dirigidas a alteraciones genómicas concretas. La supervivencia media a cinco años se sitúa actualmente en torno al 40%.

En los casos más extendidos, la cirugía puede prolongarse varias horas e implicar la extirpación de múltiples órganos afectados por implantes tumorales, con la posterior reconstrucción de las vías digestiva y urinaria. El objetivo es no dejar tumor visible, ya que ese factor influye de forma decisiva en el pronóstico posterior. La quimioterapia se encarga después de eliminar la enfermedad microscópica que el ojo del cirujano no puede detectar.

La detección precoz, la gran esperanza pendiente

Incluso con una cirugía exitosa, buena parte de las pacientes con tumores muy extendidos acaban recayendo, en muchos casos antes de los dos años. Cuando esto ocurre, algunas pueden someterse a nuevas intervenciones combinadas con quimioterapia adicional o participar en ensayos clínicos con fármacos experimentales, entre ellos moléculas diseñadas para transportar el tratamiento directamente hasta las células tumorales.

Los especialistas coinciden en que la verdadera revolución llegará cuando se consiga diagnosticar el cáncer de ovario en fases iniciales, antes de que el tumor se disemine por la cavidad abdominal. En esos casos, la supervivencia puede superar el 90%. Mientras esa vía de detección precoz sigue sin resolverse, la investigación continúa avanzando en nuevos fármacos y estrategias que ofrecen a las pacientes más opciones de futuro.

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